Jueves, 6 de Octubre del 2022
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6┬║ DOMINGO DE PASCUA, CICLO B: 9 DE MAYO DEL 2021
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*Dios no hace diferencia entre una persona y otra (Hch 10,25-48)

*Amémonos unos a otros, porque el amor viene de Dios (1Jn 4,7-10)

*Este es mi mandamiento: Ámense como yo les amo (Jn 15,9-17)

 

EL  MANDAMIENTO  DE  JESÚS

  Dios es amor y ama a todos sus hijos con entrañas de misericordia:

¿Puede una madre olvidar o dejar de amar al hijo de sus entrañas?

Pues, aunque ella se olvide, yo tu Dios no te olvidaré (Is 49,15).

   En el texto evangélico de este domingo, Jesús nos dice:

*Este es mi mandamiento: Ámense unos a otros como yo les amo.

*El amor más grande es dar su vida por sus amigos.

*Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les digo.

 

Ámense unos a otros como yo les amo

   Recordemos que los discípulos de Jesús, dejan todo y le siguen…

caminan con Él por ciudades y pueblos… oyen sus enseñanzas…

son testigos de sus obras y gestos audaces en favor de los pobres…

   Sin embargo, sabiendo que entre ellos: -hay egoísmo, -no se aman

fraternalmente, -discuten por ocupar los primeros puestos…

Jesús pensando también en nosotros, habla con el corazón y dice:

Este es mi mandamiento: ámense unos a otros como yo les amo.

El amor más grande es dar la vida por sus amigos.

Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les digo.

 

Este es mi mandamiento: ámense unos a otros como yo les amo

   Hagamos el bien a quienes sufren, como Jesús compasivo, quien:

*Acaricia la piel de un leproso, no quiere verle excluido (Mt 8,1-4).

*Gracias a un joven generoso que da sus cinco panes de cebada

(pan de los pobres) y dos pescados, Jesús toma los panes y pescados,

da gracias a Dios y los reparte a unas cinco mil personas (Jn 6).

*Sana a un joven ciego de nacimiento (Jn 9).

*Al llegar a Naín, se compadece al ver el sufrimiento y las lágrimas

de una madre viuda que lleva a enterrar a su hijo único (Lc 7,11-17).

*Abraza a los niños y dice: Dejen que los niños vengan a mí, porque

el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos (Lc 18,15-17).

*Camina haciendo el bien y sanando a los enfermos (Hch 10,38).

 

El amor más grande es dar la vida por sus amigos

   No basta hablar, amemos dando la vida como hace el joven Jack:

Mi amigo no ha vuelto del campo de batalla…

Capitán, solicito permiso para ir a buscarlo.

Permiso denegado, responde el capitán,

no quiero que usted arriesgue su vida,

por un hombre que probablemente ha muerto.

El soldado, desobedeciendo la prohibición, sale.

Y una hora después regresa mortalmente herido,

transportando el cadáver de su amigo.

El capitán furioso grita: ¡Ya le dije que había muerto!

¡Ahora he perdido a dos hombres!

Dígame: ¿Merecía la pena ir allá para traer un cadáver?

El soldado moribundo responde: ¡Claro que sí, capitán!

Cuando lo encontré, todavía estaba vivo y pudo decirme:

Jack… estaba seguro de que vendrías.

(Anthony de Mello: La oración de la rana, I).

   ¿Somos peces vivos que luchan contra la corriente… para dar vida,

o somos peces muertos que nos dejamos arrastrar por la indiferencia?

 

Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les digo

   Martín de Porres (1579-1639) desde que nace, es marginado por:

ser mulato, hijo ilegítimo de un español, Juan de Porres,

y de Ana Velásquez, negra descendiente de esclavos africanos.

   En 1579, ingresa al convento de los dominicos como “donado”.

Siendo simple sirviente, trabaja como portero, sacristán, enfermero…

   A los veinticuatro años (en 1603), hace profesión religiosa,

viste el hábito de los dominicos, pero solo como hermano cooperador.

No usa la vida religiosa por vanidad, dinero o escalar socialmente,

él sigue otro camino: ser amigo de Jesús haciendo su voluntad.

   En la homilía de su canonización (6 mayo 1962), Juan XXIII dice:

Disculpaba los errores de los demás. Perdonaba las graves injurias,

pues estaba convencido que era más lo que merecía por sus pecados.

Ponía todo su empeño en retornar al buen camino a los pecadores

Proporcionaba comida, vestido y medicinas a los pobres.

Ayudaba a los campesinos, negros y mulatos que, por aquel tiempo,

eran tratados como esclavos de la más baja condición, lo que le valió,

por parte del pueblo, el apelativo de Martín de la caridad. J. Castillo

 

NO DESVIARNOS DEL AMOR

Permaneced en mi amor.

El evangelista Juan pone en boca de Jesús un largo discurso de despedida en el que se recogen con una intensidad especial algunos rasgos fundamentales que han de recordar sus discípulos a lo largo de los tiempos, para ser fieles a su persona y a su proyecto. También en nuestros días.

«Permaneced en mi amor». Es lo primero. No se trata sólo de vivir en una religión, sino de vivir en el amor con que nos ama Jesús, el amor que recibe del Padre. Ser cristiano no es en primer lugar un asunto doctrinal, sino una cuestión de amor. A lo largo de los siglos, los discípulos conocerán incertidumbres, conflictos y dificultades de todo orden. Lo importante será siempre no desviarse del amor.

Permanecer en el amor de Jesús no es algo teórico ni vacío de contenido. Consiste en «guardar sus mandamientos», que él mismo resume enseguida en el mandato del amor fraterno: «Éste es mi mandamiento; que os améis unos a otros como yo os he amado». El cristiano encuentra en su religión muchos mandamientos. Su origen, su naturaleza y su importancia son diversos y desiguales. Con el paso del tiempo, las normas se multiplican. Sólo del mandato del amor dice Jesús: «Este mandato es el mío». En cualquier época y situación, lo decisivo para el cristianismo es no salirse del amor fraterno.

Jesús no presenta este mandato del amor como una ley que ha de regir nuestra vida haciéndola más dura y pesada, sino como una fuente de alegría: «Os hablo de esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría llegue a plenitud». Cuando entre nosotros falta verdadero amor, se crea un vacío que nada ni nadie puede llenar de alegría.

Sin amor no es posible dar pasos hacia un cristianismo más abierto, cordial, alegre, sencillo y amable donde podamos vivir como «amigos» de Jesús, según la expresión evangélica. No sabremos cómo generar alegría. Aún sin quererlo, seguiremos cultivando un cristianismo triste, lleno de quejas, resentimientos, lamentos y desazón.

A nuestro cristianismo le falta, con frecuencia, la alegría de lo que se hace y se vive con amor. A nuestro seguimiento a Jesucristo le falta el entusiasmo de la innovación, y le sobra la tristeza de lo que se repite sin la convicción de estar reproduciendo lo que Jesús quería de nosotros.

José Antonio Pagola (2015)

 

 

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