Jueves, 6 de Octubre del 2022
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CUERPO Y SANGRE DE CRISTO, CICLO B: 6 DE JUNIO DEL 2021
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*Es sangre de la alianza que el Señor hace con ustedes (Ex 24,3-8)

*La sangre de Cristo purifica nuestras conciencias (Heb 9,11-15)

*Jesús toma el pan, lo parte y lo da a sus discípulos (Mc 14,12-26)

 

PAN  PARTIDO  PARA  UN  MUNDO  NUEVO

   En una catequesis sobre la Santa Misa, el Papa Francisco pregunta:

¿Cuánto tengo que pagar para que digan el nombre de mi familia?

Y el mismo Papa responde: ¡Nada! ¿Lo han entendido? ¡Nada!

La Misa no se paga, es el sacrificio de Cristo que es gratuito…

Si quieres hacer una oferta, hazla, pero no se paga (7, marzo, 2018).

   Demos gratis, lo que gratuitamente hemos recibido (Mt 10,8).

  

¿Dónde quieres que vayamos a preparar la Cena de Pascua?

   Cuando Jesús y sus discípulos llegan a la casa, se sientan a la mesa,

porque es la mejor manera de tomar los alimentos, agradecer a Dios,

sentirnos unidos en el amor fraterno. Tengamos presente que Jesús,

el Buen Pastor, se sienta a la mesa con personas pecadoras,

prostitutas, impuras, despreciadas por la sociedad y la religión

de aquel tiempo. Siendo Él un Profeta acogedor, su mensaje es claro:

Todos tienen un lugar en su corazón compasivo y misericordioso.

   La “Última Cena” solo es la última de muchas comidas y cenas,

que Jesús acostumbra compartir con toda clase de gente.

   En una ocasión, Jesús al ver una multitud de cinco mil personas,

se compadece pues son como ovejas sin pastor, y se pone a enseñar.

Como ya era tarde, sus discípulos se acercan y le dicen: Despídelos.

Pero Jesús no piensa así, y les responde: Denles ustedes de comer.

Al partir los panes, los gestos que hace se asemejan a la Última Cena:

Toma los cinco panes y los dos pescados, mira al cielo, bendice,

parte los panes, y los da a sus discípulos para que los sirvan.

Reparte también los pescados. Todos comen (Mc 6,30-44).

   A orillas del lago de Galilea, Jesús ve a unas cuatro mil personas,

llama a sus discípulos para decirles: Tengo compasión de esta gente,

ya son tres días que están conmigo y no tienen qué comer.

Si los despido en ayunas a casa, desfallecerán por el camino.

Luego, ordena a la gente sentarse. Al tomar en sus manos los panes

y los pescados, realiza gestos con sabor Eucarístico (Mc 8,1-10).

 

Tomen, esto es mi cuerpo… Esta es mi sangre, sangre de la Alianza

   *Al celebrar la Última Cena, Jesús hace memoria de la liberación

de su pueblo de la esclavitud de Egipto (Ex 12.31-34).

   El gesto de tomar un trozo de pan y repartirlo entre todos,

expresa la propia vida de Jesús, que pasa haciendo el bien,

y sanando a los enfermas, porque Dios está con Él (Hch 10, 38).

   Comulgar no es recibir “algo”. Es unirnos con Jesús, quien

después de lavar los pies a sus discípulos les dice: Ejemplo

les he dado, para que ustedes hagan lo mismo (Jn 13,15).

   *v.23. Jesús toma una copa, da gracias, se la da y todos beben.

Después que sus discípulos han bebido el vino, Jesús les dice:

v. 24. Esta  es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos.

(Diferente lo que se dice en: Mt 26,27;   Lc 22,17s;  y 1Cor 11,25).

Sobre estos dos versículos, ¿hay algún comentario?

   Recordemos también que para los judíos la sangre es la vida.

En consecuencia, cuando Jesús dice: Sangre derramada por todos,

nos pide seguirle, incluso hasta derramar nuestra propia sangre.

   *En la Misa, durante el ofertorio, agradecemos a Dios por el pan

de vida y por el vino de salvación, frutos de la tierra y del trabajo

del hombre. Por eso, debemos cuidar la tierra, y amar al próximo.

   Al respecto, San Juan Crisóstomo (349-407) dice lo siguiente:

¿Deseas honrar el Cuerpo de Cristo?

No lo desprecies cuando lo contemples desnudo en los pobres,

ni lo honres aquí, en el templo, con lienzos de seda,

si al salir lo abandonas en su frío y desnudez.

Porque el mismo que dijo: Esto es mi cuerpo,

y con su palabra llevó a realidad lo que decía,

afirmó también: Tuve hambre y no me dieron de comer. Y añade:

Lo que no hicieron a una de estas personas más humildes, dejaron

de hacerlo conmigo mismo (Homilía 50 sobre Mateo).

   Teniendo tantos recursos, es injusto que en el campo y en la ciudad,

 “el cholo barato” sobrevive, llevando en su espalda el peso

intolerable de la miseria. Sobre este problema, Juan Pablo II dice:

Ante los casos de necesidad, no se debe dar preferencia

a los adornos superfluos de los templos,

y a los objetos preciosos del culto divino. Al contrario,

podría ser obligatorio vender esos bienes, para dar pan,

bebida, vestido y casa a quien carece de ello (SRS, 31).    J. Castillo

 

EUCARISTÍA Y CRISIS

   Todos los cristianos lo sabemos. La eucaristía dominical se puede convertir fácilmente en un “refugio religioso” que nos protege de la vida conflictiva en la que nos movemos a lo largo de la semana. Es tentador ir a misa para compartir una experiencia religiosa que nos permite descansar de los problemas, tensiones y malas noticias que nos presionan por todas partes.

   A veces somos sensibles a lo que afecta a la dignidad de la celebración, pero nos preocupa menos olvidarnos de las exigencias que entraña celebrar la cena del Señor. Nos molesta que un sacerdote no se atenga estrictamente a la normativa ritual, pero podemos seguir celebrando rutinariamente la misa, sin escuchar las llamadas del Evangelio.

   El riesgo siempre es el mismo: Comulgar con Cristo en lo íntimo del corazón, sin preocuparnos de comulgar con los hermanos que sufren. Compartir el pan de la eucaristía e ignorar el hambre de millones de hermanos privados de pan, de justicia y de futuro.

   En los próximos años se van a ir agravando los efectos de la crisis mucho más de lo que nos temíamos. La cascada de medidas que se nos dictan de manera inapelable e implacable irán haciendo crecer entre nosotros una desigualdad injusta. Iremos viendo cómo personas de nuestro entorno más o menos cercano se van empobreciendo hasta quedar a merced de un futuro incierto e imprevisible.

   Conoceremos de cerca inmigrantes privados de asistencia sanitaria, enfermos sin saber cómo resolver sus problemas de salud o medicación, familias obligadas a vivir de la caridad, personas amenazadas por el desahucio, gente desasistida, jóvenes sin un futuro nada claro... No lo podremos evitar. O endurecemos nuestros hábitos egoístas de siempre o nos hacemos más solidarios.

   La celebración de la eucaristía en medio de esta sociedad en crisis puede ser un lugar de concienciación. Necesitamos liberarnos de una cultura individualista que nos ha acostumbrado a vivir pensando solo en nuestros propios intereses, para aprender sencillamente a ser más humanos. Toda la eucaristía está orientada a crear fraternidad.

   No es normal escuchar todos los domingos a lo largo del año el Evangelio de Jesús, sin reaccionar ante sus llamadas. No podemos pedir al Padre el pan nuestro de cada día sin pensar en aquellos que tienen dificultades para obtenerlo. No podemos comulgar con Jesús sin hacernos más generosos y solidarios. No podemos darnos la paz unos a otros sin estar dispuestos a tender una mano a quienes están más solos e indefensos ante la crisis.

José Antonio Pagola (2012)

 

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