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PRESENTACIÓN DEL SEÑOR
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PRESENTACIÓN DEL SEÑOR: 2 de febrero del 2014

Mal 3,1-4  -  Heb 2,14-18  -  Lc 2,22-40

 

EXPERIENCIA Y ESPERANZA

El Evangelio de hoy nos presenta a tres grupos de  personas,

diferentes en edad pero unidos por la ‘experiencia’ y la ‘esperanza’.

Ellos son: Simeón y Ana, personas mayores; José y María, jóvenes

esposos; y Jesús, un niño de cuarenta días de nacido. Ciertamente,

la juventud no es solo la falta de arrugas y de canas, la vejez no es

solo la edad avanzada. Bien saben ustedes que ser joven es tener

una causa a la que consagrar la propia vida (Mons. Helder Cámara).

 

José y María van a Jerusalén

*Después que María de Nazaret acepta ser la madre de Jesús,

va de prisa a las montañas de Judea para visitar a su prima Isabel.

Desde aquellas montañas, ambas mujeres gestantes alzan su voz:

-Para defender la dignidad de la mujer, frecuentemente pisoteada

 por una sociedad machista: Bendita eres entre las mujeres

-Para valorar el don de la vida de los más indefensos, a saber,

 los que están en el seno materno: Bendito es el fruto de tu vientre

-Para anunciar la actuación de Dios en una sociedad injusta:

 Dios derriba del trono a los poderosos y eleva a los humildes,

 colma de bienes a los hambrientos y despide vacíos a los ricos (Lc 1).

 Más tarde, Jesús retomará estas palabras de María su madre,

 y proclamará su mensaje liberador para: los pobres, los hambrientos,

 los que lloran, los que son odiados, excluidos y despreciados (Lc 6).

*Meses después, José y María -jóvenes esposos- van a Belén.

Allí, en un establo, María da a luz a Jesús su hijo primogénito, porque

no había sitio para ellos en la posada. Sin embargo, en aquel establo

hay lugar para recibir la visita de los pastores, y escuchar la alabanza

de los ángeles: Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz (Lc 2).

*Cuarenta días después José y María, fieles a la tradición (Lev 12),

van al templo de Jerusalén, presentan al niño Jesús, y hacen

la ofrenda propia de los pobres (LG, 57). Allí también, Simeón y Ana

-personas mayores- bendicen a Dios porque viene a liberarnos.

 

Simeón y Ana van al templo

Los campesinos saben que hay un tiempo para sembrar la semilla,

abonarla, regarla, cultivarla… Hay un tiempo para mirar cómo crece,

florece y brotan los primeros frutos… Y un tiempo para cosechar…

Simeón no forma parte de los funcionarios del templo de Jerusalén.

Es un hombre justo y piadoso que espera la liberación de su pueblo.

Por eso, cuando José y María llegan al templo llevando al niño Jesús,

Simeón, conducido por el Espíritu Santo, va al encuentro de ellos,

toma al niño Jesús en sus brazos y bendice a Dios diciendo:

Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, porque

mis ojos han visto la salvación… la luz que ilumina a las naciones.

Ciertamente, uno es el que siembra y otro el que cosecha (Jn 4,34ss).

¿Decimos lo mismo sobre nuestra labor pastoral? ¿Hay continuidad?

Luego, Simeón se dirige a María para decirle: Este niño será signo

de contradicción, pues unos le aceptarán y otros le rechazarán;

y añade: en cuanto a ti, una espada de dolor te atravesará el corazón.

Años más tarde, Jesús morirá crucificado pero resucitará al tercer día.

De Ana, viuda y anciana, se dice expresamente que es ‘profetisa.

Ella también va al templo y, desde que ve al niño Jesús, alaba a Dios

y habla del niño a todos los que esperan la liberación de Jerusalén.

Más adelante, Jesús acogerá a muchas mujeres como discípulas,

les devuelve su dignidad y les confía la misión de anunciar el Reino.

Hoy, en nuestras comunidades cristianas, casi no existe el ministerio

profético. Por este motivo, es bueno recordar lo que dice San Pablo:

Dios ha querido que en la Iglesia haya en primer lugar apóstoles,

en segundo lugar profetas, en tercer lugar maestros… (1Cor 12,28).

 

El niño Jesús crece en edad, sabiduría y gracia

El evangelista Lucas termina, todo lo referente a la infancia de Jesús,

con estas palabras: El niño crece en edad, sabiduría y gracia.

Jesús, que ha recorrido las etapas de vida de toda persona humana,

es el camino, la verdad y la vida para niños, jóvenes y adultos:

Ustedes jóvenes van a recibir la antorcha de manos de sus mayores

y van a vivir en el mundo en el momento de sus más gigantescas

transformaciones. Ustedes, recogiendo lo mejor del ejemplo y de las

enseñanzas de sus padres y maestros, van a formar la sociedad de

mañana; se salvarán o perecerán con ella (Mensaje del Vaticano II).

J. Castillo A.


FE SENCILLA

               

            El relato del nacimiento de Jesús es desconcertante. Según Lucas, Jesús nace en un pueblo en el que no hay sitio para acogerlo. Los pastores lo han tenido que buscar por todo Belén hasta que lo han encontrado en un lugar apartado, recostado en un pesebre, sin más testigos que sus padres. Al parecer, Lucas siente necesidad de construir un segundo relato en el que el niño sea rescatado del anonimato para ser presentado públicamente. ¿Qué lugar más apropiado que el Templo de Jerusalén para que Jesús sea acogido solemnemente como el Mesías enviado por Dios a su pueblo?

            Pero, de nuevo, el relato de Lucas va a ser desconcertante. Cuando los padres se acercan al Templo con el niño, no salen a su encuentro los sumos sacerdotes ni los demás dirigentes religiosos. Dentro de unos años, ellos serán quienes lo entregarán para ser crucificado. Jesús no encuentra acogida en esa religión segura de sí misma y olvidada del sufrimiento de los pobres.

            Tampoco vienen a recibirlo los maestros de la Ley que predican sus ‘tradiciones humanas’ en los atrios de aquel Templo. Años más tarde, rechazarán a Jesús por curar enfermos rompiendo la ley del sábado. Jesús no encuentra acogida en doctrinas y tradiciones religiosas que no ayudan a vivir una vida más digna y más sana.

            Quienes acogen a Jesús y lo reconocen como Enviado de Dios son dos ancianos de fe sencilla y corazón abierto que han vivido su larga vida esperando la salvación de Dios. Sus nombres parecen sugerir que son personajes simbólicos. El anciano se llama Simeón (‘El Señor ha escuchado’), la anciana se llama Ana (‘Regalo’). Ellos representan a tanta gente de fe sencilla que, en todos los pueblos de todas los tiempos, viven con su confianza puesta en Dios.

            Los dos pertenecen a los ambientes más sanos de Israel. Son conocidos como el ‘Grupo de los Pobres de Yahvé’. Son gentes que no tienen nada, solo su fe en Dios. No piensan en su fortuna ni en su bienestar. Solo esperan de Dios la ‘consolación’ que necesita su pueblo, la ‘liberación’ que llevan buscando generación tras generación, la ‘luz’ que ilumine las tinieblas en que viven los pueblos de la tierra. Ahora sienten que sus esperanzas se cumplen en Jesús.

            Esta fe sencilla que espera de Dios la salvación definitiva es la fe de la mayoría. Una fe poco cultivada, que se concreta casi siempre en oraciones torpes y distraídas, que se formula en expresiones poco ortodoxas, que se despierta sobre todo en momentos difíciles de apuro. Una fe que Dios no tiene ningún problema en entender y acoger. 

José Antonio Pagola (2014)

 

 

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